la maldición de la casa malaver 4 - ante último - (0)

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siberpoint dice:

El auto llegó hasta casi quinientos metros de la tranquera. Allí se dejó estar en el barro definitivamente, como cansado.
La decisión de intentar sacarlo o ir a la casa a ver desde allí la laguna, se tomó rápidamente bajo la lluvia que ya era entonces incesante.
Martín se cubría con la campera extendida sobre su cabeza. Rocío pegada a él intentaba también guarecerse con ella, aunque no había ninguna inclinación en los brazos de Martín que indicasen su pretensión de cubrir otra cosa que su cuerpo. Norma caminaba detrás de Rocío como siempre. Ignacio maldecía quien sabe qué mientras parecía estar intentando no pisar el barro, en un eterno barrial.
Yo disfrutaba de la lluvia. El estar sin anteojos se volvía un tema menor en esas ocasiones. La cortina de agua que caía impedía ver dos pasos más adelante en mi caso e imagino que a los demás, a lo sumo cuatro.
Duarte se había rezagado.
Al llegar a la casa Martín comenzó a correr, lo que certificó mi apreciación de que en ningún momento intentó cubrir a Rocío. La puerta estaba como siempre abierta. La casa era naturalmente oscura, pero nunca había estado en un día de tormenta. Se tornaba más que lúgubre.
Martín iba gritando, las chicas también.
Cuando entramos a la casa las maldiciones de Ignacio hicieron eco en la habitación vacía, que debió ser la cocina comedor.
Tras el eco se sintieron extraños sonidos. Al aumentar eran claramente gruñidos.
En una esquina el motivo se hizo evidente. Era una jauría de perros, que había decidido guarecerse en lo de los Malaver, antes que nosotros.
Era una jauría chica, unos cinco o seis perros. Como toda jauría eran perros de medianos a grandes y no gustaban naturalmente de los humanos. Menos de los que gritaban histéricamente.
Alejar una jauría de perros era algo que cualquier niño criado en el campo sabe hacer. No se corre, se levanta una piedra y se deja a los animales un lugar por donde huir, solo en ocasiones es necesario arrojarla para provocar la huida.
Esta última lección, Martín no la había tenido.
Quizás su ánimo por destacarse, su espíritu heroico cuando lo veían o su extrema estupidez hizo que enfrentara a los perros que se encontraban alterados por nuestra presencia.
La interposición entre ellos y el único lugar de fuga, la puerta, por parte del resto del grupo, hizo que dos de los más grandes lo atacaran mordiéndole la botamanga del pantalón.
Al tiempo que eso ocurría llegó Duarte con su escopeta. Siempre pensé que debía alejarme de la gente armada y de los idiotas, más cuando los unen las circunstancias.
Al tiempo que me acercaba a Marcelo intentando abrirle camino a los perros que intentaban huir, correr a las chicas y alejarme lo más posible del campo de acción de Duarte y su estúpida escopeta. Escuche el disparo.
Ignacio ya había salido ante los primeros gruñidos.
La explosión y luces que siguieron al disparo daban cuenta de un nuevo fallo en el armado de balas que había emprendido Duarte.
Los perros huyeron. Martín gritaba, las chicas gritaban y Duarte gritaba.
Fui primero a ver a Martín que estaba en el suelo agarrándose la pierna. Sabía que los perros podían haberlo lastimado, e intuía que el improvisado cañón de Duarte mucho mas.
La pierna le sangraba bastante justo debajo de la rodilla. Le levanté lo que quedaba de pantalón y adiviné algunas mordidas. Extrañé mis anteojos.
Un poco más arriba de las mordidas tenía dos agujeros de donde brotaba bastante sangre. No sé bien cuando decir que la sangre saliendo de un cuerpo es mucha o poca. A mi entender debe ser siempre ninguna, pero era bastante.
Al descubrir los agujeros y liberar la sangre del barro y el agua los gritos de las chicas aumentaron, lo cual era lógico. Lo que no lo parecía era el incesante gemido agudo que sostenía Duarte desde la explosión.
Cuando logré verlo estaba en el piso mientras Ignacio le escurría el agua de su gorra sobre la cara. En cualquier otra situación, el agua que pudiera haber contenido esa gorra de uso infinito y carente aseo, sobre un rostro humano, hubiera constituido un delito. Pero parecía tener algún efecto sobre los gemidos de Duarte o simplemente se estaba quedando afónico.
A un costado, la escopeta partida al medio y aún humeante, me daban pocas ganas de acercarme al idiota. Aunque , desarmado y herido, lo creía capaz de cualquier cosa, y acababa de confirmarlo.
Hecho un vendaje con la campera de Martín en la pierna de Martín y un apósito mojado con la gorra de Ignacio, sobre los ojos de Duarte, o más bien donde debían estarlo, ya que como dije el día estaba oscuro y no portaba mis anteojos, pero sí veía una masa violácea desde el pómulo derecho hasta la frente, que se tornaba cada vez más oscura. Decidimos que era necesario ir al pueblo por ayuda.
La otra opción, era cruzar el rio con alguno de los botes que solían estar amarrados en un precario muelle detrás de la arboleda.
A la otra orilla estaba el otro pueblo.
Dejé al grupo en la casa y comencé a rodearla.
No fue necesario llegar hasta la arboleda. El pequeño muelle, los dos botes y los árboles estaban a mitad del lago. Y la casa a unos pocos metros. Por la forma en la que llovía estimé que pronto nosotros también estaríamos en él.

Continuara (termina en el próximo, gracias por leer hasta acá)

10:10 pm @ 2010-03-08

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