 06 02 06 |
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unknown dice: Aqui publico la historia que se fue armando hasta el momento.
Todos los que esten interesados en ayudar no duden en ponerse en contacto con Raul, escribiendo a raullivon arroba gmail.com
Se necesitan guionistas, escritores, actores, editores, camarógrafos, iluminadores, sonidistas. En fin todo lo que hace falta para filmar.
Mediante este tema intentaremos dar a conocer todas las experiencias que vayan surgiendo de este proyecto, como asi tambien atraer a todos aquellos que tengan ganas de meterse en esto.
Las reuniones se suelen realizar los viernes despues de las 20hs en lugares a coordinar.
Esten atentos y peguenle una leida al boceto de la historia:
Concepto
El corto cuenta la historia de un hombre y de dos familias. Los personajes son dos chicos cuyas diferencias y similitudes conforman una paradoja que va dejando señales al inicio, desarrollo y cuyo desenlace construye la intriga sobre la secuencia en que los hechos sucedieron y el efecto que tuvieron en cada uno de los personajes.Un hombre que enfrenta su soledad y su insoportable monotonía. Quizás quien escribe la historia. Quizás el jardinero. Quizás el niño. Un pibe de once años que en una esquina consigue monedas limpiando parabrisas mientras en su casa enfrenta a un padre golpeador. Una niña clase media acomodada cuya familia fragmentada e indiferente destruye su carácter con otro tipo de agresión a la que enfrenta el pibe, pero también muy efectiva, al que conoce por casualidad. Y con quien traman un castigo para sus padres.
Sinopsis y Tratamiento:
La habitación es el único ambiente de un departamento pequeño y mal iluminado. Los muebles cubiertos de polvo. Las paredes con telas de araña. Un horno eléctrico sobre la cocina con la tapa entreabierta deja ver restos de comida. Sobre el horno una alacena con las puertas abiertas. Azúcar y café derramados sobre la mesada, alimentaban a un ejército hormigas y cucarachas que a pesar del día, se paseaban por los pasillos y parecían muy cómodas en el baño. Paquetes de galletitas dulces abiertos en la mesa y una gran pila de cubiertos, platos, ollas y sartenes en la pileta. El ambiente se nutre con los ruidos de la calle y el sonido rítmico e incesante del agua que corría por el inodoro dada la pérdida del tanque del baño.
La humedad se filtra por las paredes y la ropa sucia, acumulada en el piso junto al lavarropas que conservaba, todavía, el plástico en su tapa. Como si fuera nuevo. Pero su aspecto general se encargaba de negarlo rotundamente.
Cerca de la única ventana, un escritorio, sobre él una vieja Olivetti, puchos de cigarrillos, dos ceniceros repletos, una vaso lleno hasta la mitad, papeles y libros abiertos y cerrados, uno sobre el otro. Frente al escritorio, un cesto caído sobre el único sillón de la habitación, tapado por una veintena de bollos de papel.
Entre la ventana y el escritorio, se acomodaba una silla, como sí quien se sentara, no se decidiera por escribir o mirar por la ventana. Era X. Un cuarentón de aspecto desalineado, cuya barba de varios días, parece eterna. Alto, flaco y encorvado. Que entra a la habitación mirando lentamente hacia sus lados, buscando algo que desconoce. Deja una carpeta sobre la pila de libros y se acerca a la ventana y enciende un cigarrillo. Cuando X se sienta en su silla, sin quererlo, derrama el vaso de agua sobre unos papeles. Nervioso, trata de limpiarlo y se queda leyendo uno de ellos. Luego abre el cajón del escritorio, guarda los papeles estropeados. Toma la llave de su auto y se dispone a irse, de pronto vuelve sobre si mismo para cerrar el cajón.
Sobre la esquina de la plaza estaba H, un pibe limpiaparabrisas, de unos once años. Remera de boca y pantalón baquero muy sucio. Lleva unas zapatillas negras rotosas, una rejilla en una mano y un secador en la otra. H comparte la esquina con otros dos pibes. Uno de ellos más grande que él. Más gordo y alto. Quien por medio de empujones, obtiene la mitad de las monedas que H recauda. El otro chico parece ser amigo del gordo o algún familiar. Ya que es quien guarda todas las monedas del gordo y las suyas propias.
Frente a la plaza, a mitad de cuadra, hay una escuela privada. Es donde cada mañana, S es llevada por su padre, un cincuentón, elegante, carismático y de rostro ocupado. S es una piba de doce años, cabello rubio, enrulado. Tiene una piel cuidada y dientes blanquísimos. Su peinado permite adivinar que fue hecho por ella misma. Lleva puesto un uniforme impecable. Que cada tarde le entrega la tintorería de la vuelta de su casa. El auto se detiene en la puerta y ella baja silenciosamente. Pese a recibir una queja, cada mañana, por esa actitud. S será recogida por K, la novia de su padre, al mediodía. Una adolescente flaquísima, cuya tonalidad en el habla refleja su personalidad y hace juego con su cabello. Dado que es imposible reconocer si existe algo real en toda ella.
Pero este medio día, K permaneció más tiempo en otra parte y no llega a buscar a S. Quien apoyada en un árbol de la vereda, observa como la plaza, se acercar hacía ella.
Camina directo en diagonal, usando al monumento como escondite para no ser vista por H. El pibe limpiavidrios siquiera la advierte.
X maneja muy despacio. A punto tal que los taxistas lo llenan de insultos. Y a veces también algún particular. Tiene la mirada perdida, como si estuviera imaginando la historia del pibe que limpia su vidrio y la de la piba que se esconde detrás del monumento. El reflejo del vidrio no permite que H pueda verlo, pero acepta las monedas que X le entrega sin mirarlo. X recién se aleja un minuto después que el semáforo se pusiera en verde.
El gordo lo empuja a H luego que el más chico se pusiera en “cuatro patas” detrás de él, sin que lo advierta. H cayó y recibió dos fuertes patadones del gordo, mientras el otro chico le quitaba las monedas que habían caído al piso y la bolsita con las restantes. La escena generó bronca, compasión y culpa. S se reprochaba no haberle avisado, pero todo sucedió demasiado rápido.
Ella se deja ver y lo mira fijamente. H se acerca rengueando y se sienta en el monumento. Ella se sienta a su lado. Ambos se quedan en silencio mirando las piedritas que empujan con sus pies.
La música de murga suena tan fuerte, que los golpes del hombre a su hijo no se escuchan. Tampoco sus quejas, pero porque no existen. H no llora, solo espera que los golpes se apaguen. Sabe que sus gritos o su llanto, encienden aún más a su padre. Sabe que tarde o temprano sus manos le dolerán y los golpes se detendrán. Por eso no intenta otra cosa que a su padre, el momento, le resulte lo más aburrido y monótono posible.
En la casa de dos plantas que tiene S, los días no tienen transición. La similitud de los hechos describen momentos imposibles como habituales. El padre de S llegando a su casa y pidiendo a la empleada que cosa su botamanga puesta. O la silla de S rompiéndose justo cuando ella se está sentando y nadie lo nota. Un jardinero que cruza el salón llevando un caracol al baño, sobre su reloj. Mientras K lo admira y provoca como a casi todos los demás. O como cuando S mira en la televisión las mismas escenas que ya conoce de memoria.
Pero al fin llegó K a buscar a S, quien huye corriendo al verla frente a la escuela. H no se inmutó. Se levantó y decidió quedarse a dormir en la estación Retiro. Pero por alguna razón su padre adivinó que no volvería y salió a buscarlo. O quizás de casualidad lo vio mientras tomaba una cerveza en el bar. Eso no importaba. H sabía que debía regresar, escapar solo aumentaría la sesión de golpes. Que de por sí, iba a ser importante. Dado que no tenía una sola moneda en sus bolsillos.
La mañana en la costanera, era fuente de inspiración para X que imaginaba como se reflejaría la luna en el Rió de la Plata. Si eso fuera posible.
Pisaba un cigarrillo ya apagado por el viento y vomitaba la mitad del chorizo que había tragado. En ese momento S entraba a su escuela. Esperó a que el auto de su papá se alejara y escapó. Pero H no había llegado todavía. Cansada de esperarlo, se sentó en una hamaca de la plaza de espaldas a la esquina. Como si quiera que H llegara desde atrás y tapándole los ojos le preguntara quien era. Ella se equivocaría apropósito, antes de reconocerlo. Pero cuando H llegó a la esquina, estaba tan dolorido y cansado que se sentó en el monumento. Justo en el mismo lugar que compartieron juntos su descubrimiento mutuo. S se dio vuelta para ver si lo veía en la esquina y se acercó a la esquina, tal cual lo hiciera la vez anterior. Los dos, dieron tres vueltas al monumento sin encontrarse. La misma cantidad de vueltas que X le diera a la plaza.
Fue quizás al día siguiente, cuando se volvieron a encontrar y se sorprendieron de haber tenido los mismos pensamientos. Entonces deciden planear un sufrimiento similar. Similar al de cada uno de ellos. Algo mejor que matarlos. Algo que los torture para siempre. El plan se llevará a cabo en la plaza. En sus fantasías, hablar de los detalles se convierte en un juego macabro que vuelve sus encuentros más habituales y los hace sentir felices. El plan es sencillo: S citaría a su papá y su novia y H a su padre. Justos en el monumento. Ellos los esperarían en la vereda de enfrente, parados sobre el cordón. Una vez que el semáforo cambie y habilite a que los colectivos y autos aceleren para cruzar la bocacalle, gritarían fuertemente sus nombres para asegurarse de obtner su atención. Justo en el momento en que los autos y colectivos ya no pueden frenar su marcha, corrieron en diagonal al centro de la calle, quedándose parados en la mitad, para ser embestidos. Tomados de la mano y viendo como sus padres poseídos por la desesperación, digerían la escena, llevándose consigo el rostro desencajado de cada uno de ellos. S y H sonríen y todo desaparece.
X regresa a su casa, se para sobre la ventana, se sienta y un vaso de agua cae sobre los papeles. Luego decide irse. Antes de hacerlo, guarda los papeles dentro del cajón. En su reloj, todavía está el caracol que encontrara en el jardín la otra tarde.
FIN
Demas esta decir que esta todo abierto a cambios y esperamos muchas de sus opiniones para mejorarlo.
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